jueves, 27 de marzo de 2014


LOS HOMBRES BESTIA
Muchos peñolenses, especialmente los indígenas y criollos, se desempeñaban como cargueros por los diversos caminos y trochas de la Provincia de Antioquia.

El auge de los antiguos caminos que comunicaban a Santa Fe de Antioquia, Medellín y San Antonio de Arma de Rionegro con El Magdalena, en las difíciles épocas de la colonia, tenían como eje central los territorios de San Antonio de los Remolinos de El Peñol, donde encontraban los caminantes, comerciantes y exploradores, espacio para el descanso, alimentación, alivio e intercambio de mulas, bueyes y caballos; y sobre todo, la contratación de cargueros tanto de fardos como de hombres.

La  población de Palagua fue inundada por El Magdalena a principios del siglo XVII y sus habitantes poblaron el sitio indígena del Nare, desde aquí partía la ruta entraba a Antioquia por el valle del río Nus, la desembocadura de este río al Magdalena se bifurcaba formando numerosas islas, se reconocía con el nombre de Islitas. El encuentro del río Nare con el Samaná era alígero y peligroso, sitio reconocido como Remolinos, indicaba los límites de los territorios de El Peñol de entonces.

Los cargueros o terciadores hacían largos recorridos, llevando un sinnúmero de productos por caminos casi intransitables desde Nare hasta Rionegro y Medellín. Por Guatapé pasaba el antiguo camino de Páramo, denominado así porque atravesaba un ramal deprimido y frio de la cordillera. Este sendero se unía en Sequión o Trapiche con el establecido entre Remolinos y Rionegro. Con la construcción del camino de Islitas se articularon muchos sitios y parajes a la red vial; algunos  de estos sitios no pasaron de ser simples fondas, mientras otros fueron convirtiéndose poco a poco en prósperos municipios. Este camino partía de Puerto Nare, seguía a Islitas – Juntas, Canoas y Trapiche, allí se dividía en dos ramales: uno que pasaba por San Carlos, El Peñol, Marinilla, Rionegro y Medellín; y otro que iba hacia San Rafael, Guatapé y se unía en El Peñol al primer ramal para continuar hasta Medellín. (Von Schenck. Viaje por Antioquia en el año de 1880. Bogotá, Banco de la República. 1953. Pag. 21.)

Para el transporte de una persona un carguero exigía 16 piastras y la comida; “El silletero” debía tener un paso suave, pues su carga viva estaba sentada sobre una silla de caña, suspendida por una banda o cincha, que lleva sobre la frente el portador. El transportado debía permanecer inmóvil, mirando hacia atrás y con los pies reposando en un travesaño; en los sitios escabrosos como el atravesar un torrente sobre un tronco a manera de puente, el silletero recomendaba al patrón que tiene sobre la espalda, cerrar los ojos. Daba lástima ver al carguero sudando gruesas gotas a la subida y oírlo respirar emitiendo un silbido tremendo. ( Referenciado de Viajeros en la Independencia. Colección Bicentenario. Pag. 66)

El bastimento que llevaban los cargueros y caminantes consistía en tiras de carne seca de res, bizcochos de maíz, huevos duros, azúcar en bruto (panela), chocolate, ron, cigarrillos y pedazos de sal, conocidos con el nombre de “piedras”, que resistían la humedad. Otros llevaban su propia alimentación o sea “tasajo”: panela, chocolate arepas y sobre todo “fifí”, bananos verdes secados al horno, cortados en tajadas longitudinales, todavía harinosos al punto que adquieran dureza y la consistencia. Para comer “fifí” en vez de pan, se le rompe con una piedra y se remoja en agua, esta preparación era absolutamente resistente al ataque de los insectos.

Caminar por estos tormentosos senderos implicaba enfrentarse a las inclemencias de la naturaleza. Era exponerse continuamente a las espinas de zarzas y guaduales, con barro que llegaba a las rodillas, por canelones oscuros, húmedos y cundido de alimañas. El agua se encontraba en numerosos manantiales, pero se prefería obtenerla de las guaduas, practicando una abertura por encima de uno de los nudos de la vara. El camino se convertía en martirio para los cargueros, quienes fuera de soportar una carga que laceraba la espalda y herniaba sus cuerpos; adquirían enfermedades como osteoporosis, artritis, bronquitis, malaria, y fiebres. 

En su viaje a este lugar FriedichVon Schenk , quien pernotó en 1978 en El Peñol escribió en sus memorias de “Viajes por Antioquia”: “Esa degradación del hombre como animal de carga (…), todavía en algunas regiones de Antioquia es bastante común. Especialmente el indígena de los caseríos de San Antonio de los remolinos de El Peñol (…) encuentra su única fuente de entrada en el trabajo como peón de tercio para transportar la carga desde Islitas hasta Rionegro, Ya que muchas veces esta carga por su tamaño y peso no sirve para ser transportada en mulas…”
… “Es sumamente triste observar cómo en el camino a Medellín en caravanas de peones de carga, al lado de atléticos y fuertes hombres, ver viejas mujeres y muchachas jóvenes que llevan cargas y bultos sobre la espalda, sujetos a una cincha que pasa por la frente y que van a través de las montañas y ríos tormentosos de Antioquia…”

El progreso de la Antioquia de aquella época se soportó en las espaldas de aquellos indígenas humildes que por causas del empobrecimiento y la humillación del español dominante, recurrió a este oficio como única alternativa de supervivencia. Poco valió que Don Antonio Mon y Velarde dictara el 12 de Mayo de 1788, una providencia que daba un plazo de un año para extinguir el oficio de carguero por los múltiples abusos y exiguos pagos. Ni las gestiones de el Presbítero Francisco José Hermenegildo Leonin de Estrada, primer cura párroco de El Peñol en 1774. Quien el 7 de septiembre de 1794  envió un informe especial al rey sobre la precaria vida de los cargueros y silleteros de estos territorios.  Tardaron más de un siglo, principios del siglo XIX, que en consideración de los cargueros, los gobiernos de turno promovieron los “tambos”  casas construidas a orilla de los caminos donde los caminantes podían descansar, adquirir alimentos, medicinas y dormir a precios razonables. Estas casas generaron nuevas construcciones a su alrededor y en muchos casos generaron los pueblos de hoy. Fueron los más reconocidos los “tambos” de Guadualito. Samaná, Santa Teresa, el de Yore, el de Balsadero, el de La Aguada, el de Totumo, el de Arenal, y el de Falditas.

Hoy, recordamos y homenajeamos a estos “Hombres bestias” quienes fueron héroes y protagonistas de el progreso. Ellos, desafiando las montañas, las inclemencias y las afecciones hicieron grande a Antioquia y dieron reconocimiento a El Peñol como el pueblo que persistente en las adversidades, gracias a sus hombres fuertes, aguerridos y emprendedores.

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